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lunes, 11 de mayo de 2015

Darío Mastrosimone: Un pintor al servicio de la fe


El artista porteño, radicado en la Patagonia, se refiere a los detalles recónditos de su obra, su visión acerca del arte y de su atípica carrera como pintor. La importancia de dar un salto de fe. 



Por Camila Reveco
Periodista cultural con especialidad en artes plásticas
camilareveco.mza@gmail.com
Argentina


Llevó una vida, hasta los cuarenta años, como contador público viviendo en Buenos Aires... pero un día tomó una decisión rotunda: se fue a vivir, junto a su esposa y sus tres hijos, a la Patagonia para dedicarse pura y exclusivamente a pintar.
Así fue como Darío Mastrosimone (1964) hizo a su manera “la gran Gauguin” dejando atrás su vida burguesa por el arte. Abandonó su estudio contable, el traje y el movimiento caótico propio de una ciudad cosmopolita. Actualmente, y desde enero de 2008, vive en San Martín de los Andes, pintando. “Es el día de hoy que a veces me cuesta creerlo”, confiesa, y agrega: “A veces uno tranza con la vida dejándose engañar por una seguridad ficticia o promesas de un buen estándar de vida”. 

-¿Qué le diría a aquellas personas que siempre han querido ser artistas y por distintas circunstancias llevan una vida muy diferente a la soñada? 

-“¡Uh! -responde- Lo peor que hay es tener una vida dividida entre lo que hago cada día y lo que siento que soy. Si tenés fe (profunda fe) y estas convencido en que eso que sos, es lo que Dios quiere que seas; sólo queda dar un salto de fe…"





La orilla del silencio 

El pintor argentino Darío Mastrosimone estudió técnica con el pintor porteño Daniel Salaverria y luego tomó clases con el austríaco Georg Miciu, también radicado en la Patagonia, y “uno de los mejores coloristas que tiene nuestro país”. 

En su obra -técnica al óleo aplicado con espátula- preponderan los colores claros, brillantes y luminosos; el estudio de la luz vibrante lo vincula al impresionismo de finales del siglo XIX. Él mismo prefiere autodenominarse un “pintor post impresionista que hace realismo mágico”. 

Su pincelada es suelta, rápida y a veces nerviosa. Los temas que representa son escenas campestres y paisajes típicos de la cordillera neuquina en las que demuestra no sólo técnica y oficio, sino también un grado de sensibilidad y percepción que asombran. “El entorno me da las excusas para pintar lo que llevo dentro”, declara en su web. 




-Sobre su decisión de dedicarse definitivamente a pintar: ¿qué sucedió? ¿Es que ya no hubo más opción?

-La decisión de dejar todo -parte de la familia, la profesión de contador, el estudio contable, amigos, la “gran Ciudad”- para ir a vivir de la pintura a la montaña, no surge únicamente por el gusto de pintar ni se toma en veinte minutos. Pero creo que sí, no había otra opción, ya que era una decisión de tipo moral-espiritual.
Si quería seguir a mi conciencia, no podía seguir siendo contador con todas las cosas que eso implica en estos tiempos… espero que me puedas entender. Una decisión de cambio de vida la motiva temas más profundos que el gusto de pintar.

-¿Cómo es esa sensación de “vacío” que experimenta una persona que necesita expresarse artísticamente y por distintos motivos no lo hace?

-Es la sensación de “nada te llena”, hagas lo que hagas, te compres lo que te compres, todo era para tapar un vacío que nunca se colmaba. Recuerdo esperar sábados y domingos para pintar y las angustias de los domingos por la tarde por que el lunes debía volver a la rutina del trabajo, era como volver al colegio después de las vacaciones o la frustración de estudiar lo que no te gusta, es tratar de vivir una persona que no sos. 




-Su historia podría servir de argumento para una película, ¿no cree?

-¡La realidad siempre supera a la ficción! Pero hubiera sido imposible sin el apoyo de Paula, mi esposa. Esa decisión fue dejar la “tranquilidad” de los honorarios mensuales y una cierta estabilidad económica por vivir como uno cree que Dios te pide… no sé si es buen argumento para una película, gracias a Dios salió bien y puedo vivir de esto pero si salía mal… ¿quién veía la película?

-Dice que gracias a Dios y a su psiquiatra se reencontró con la pintura. ¿De qué manera interfirió cada uno?

-Son decisiones de vida que uno toma por conciencia. Dios, primero, porque soy creyente. Como contador me estaba mandando muchas macanas, y mi conciencia hacia ruido, además en ese periodo habían fallecido con poca diferencia de tiempo mi viejo y mi suegro, y eso te enfrenta a la finitud de la vida. Y si además, tomás conciencia que la primera mitad de tu vida la viviste mal, tratando de ser alguien que no sos, lo que te queda es tomar la decisión del cambio. 

-¿El entorno es lo que más lo inspira al momento de pintar?

-El entorno es el disparador, siempre digo que el paisaje es tan fuerte que no me deja lugar a inventar nada, por eso no necesito hacer abstractos ni inventar cosas locas (tampoco me salen). El entorno ayuda y mucho, pero de todas formas soy un convencido que uno pinta solo lo que tiene dentro. El paisaje es una excusa para expresar sentimientos. Cuando estas triste sale una pintura triste, si estas en paz se siente, si estas alegre se contagia… Igualmente convengamos que es más llevadero, por ejemplo, estar triste frente al Lacar y la montaña, que en Pompeya o Mataderos. Pero los sentimientos que motivan las pinturas, creo que son los mismos…




-Se centra en la luz. ¿Se define como un pintor impresionista?

-Alguna gente dice que los únicos impresionistas fueron los seis o siete que cambiaron la pintura del mundo en el siglo XIX. Yo creo que solo uso la técnica que usaron esos creadores. Un día hablando de ese tema llegamos a la conclusión que soy un “post impresionista que realizo realismo poético”, y me gusto la definición. Pero la técnica, el manejo de la luz, el uso de los colores complementarios para mantener sus vibraciones, eso lo mantengo. 

-Elige como herramienta a la espátula, ¿por qué?

-Porque no hay que limpiarla como los pinceles; no… ¡mentira! La espátula es muchísimo mas rápida y expresiva, te permite resolver una obra en horas. Además deja una textura mucho más brillante que los pinceles ya que el óleo queda limpio, liso y brillante, mientras que, con el pincel, sus cerdas forman pequeñas canaletas que lo opacan. Los cortes entre un color y otro son perfectos y tajantes, como su filo. Creo que permite expresar mejor inconscientemente los sentimientos. Los pinceles te permiten hacer cosas perfectas, casi fotográficas, la espátula te obliga a conseguir la esencia de las cosas, y en esa “mirada” aparece tu personalidad.




-¿Qué elementos le parece que debe reunir un trabajo para ser considerado obra de arte?

-Esto lo leí del filósofo español Francisco Laporta, al cual adhiero. Una obra para ser arte debe tener cuatro elementos contrapuestos y tirantes: profesionalismo, originalidad, creatividad y credibilidad. Por profesionalismo entiendo que debe tener un oficio detrás, debe ser hecha profesionalmente, lo mejor posible, luego de un estudio.
El exceso de profesionalismo hace una obra impersonal, su ausencia la hace sin sustento. Lo contrapuesto al profesionalismo es la originalidad. La originalidad hace a la obra única, surge de la creatividad pero tiende a buscar la diferenciación del artista.
Esa búsqueda muchas veces desmedida de originalidad causa el olvido del oficio, rompiendo el equilibrio. Por intentar ser “diferente” hago “cualquier cosa”. Por otro lado, la creatividad debe surgir de las vivencias del artista, de su proceso creativo, de su interior.

-¿Es difícil conseguir ese último punto, el de la credibilidad?

-Sucede que muchas veces la credibilidad queda eclipsada por la necesidad de ser diferente, por el intento de ser “original” y es paradójico: porque lo único que se genera es una obra vacía de interior y de corazón. Creo que -siguiendo a Laporta- la credibilidad surge de la autenticidad del artista con él mismo, mientras que la ausencia de lo auténtico se genera al dejarse llevar por las modas, o por las tendencias que venden.



-¿Cree que las muchas propuestas contemporáneas que están de moda -las que se alejan de la pintura- reflejan la sociedad en que vivimos?

-Sí, totalmente. Esta charla la tuve con uno de los curadores de la Bienal de Venecia, ante el tema de definir el “arte contemporáneo”. El decía que el arte contemporáneo es el que está hecho hoy, con el idioma actual, representando a la sociedad actual, dentro de esta sociedad y es el reflejo de ella. El tema es que como estamos viviendo en una sociedad vacía de valores, consumista, improvisada e impersonal, priman las modas impuestas, es superficial -lo que hoy se endiosa mañana se descarta- y hay una gran desvalorización del esfuerzo y del trabajo. Entonces mucho del arte contemporáneo peca por poseer esas características. Siendo un arte vacío de valores, consumista, improvisado, impersonal, con imágenes sin contenido y por lo tanto superficial. Ojo, de ninguna forma digo que todo sea así y que sólo se salva el arte academicista. Digo que existe una gran caída en los valores morales y espirituales de la sociedad en general y eso causa una gran “ausencia” en el arte contemporáneo. Lo reitero, no digo que todo el arte hoy es así, sí digo que hay una gran confusión. Muchas veces se considera arte a una buena idea o a algo original, o a una necesidad de expresarse, y eso no alcanza para que sea una obra de arte… 


-¿Qué pintores actuales rescata?

-Veo grandes excepciones a las tendencias contemporáneas como Ricardo Celma, Diego Dayer o Alejandro Rosemberg. Son artistas jóvenes figurativos que con una gran profesionalidad no dejan de lado su personalidad, discurso y autenticidad, marcando un camino.



-Describinos alguna de sus pinturas favoritas... 

-La última obra que hice. Se llama “Primer verano”, los modelos son mis hijos Chiara y Giovanni en esa imagen ellos tenían doce años y un año respectivamente, creo que era una de las primeras salidas al lago de Guivanni, de ahí el título. Y obviamente la parte afectiva y emotiva está más que cubierta por los modelos. Nunca había hecho una obra así, casi sin terminar. La idea original surgió de un libro que hicimos con algunas imágenes que eran mitad cuadro y mitad boceto en lápiz. Gustó tanto que algunos amigos pensaron que así era la obra y no un montaje de fotografía, y entonces casi como un desafío y una prueba salió esta obra, mitad lápiz bosquejo, mitad terminada. Para mí, que estoy acostumbrado a terminar todo, no te das una idea lo que costó dejar zonas en blanco sin pintar.

Sobre el artista:



Nombre: Darío Silvio Mastrosimone (el Silvio considérenlo una confesión)
Edad: 50
Fecha de nacimiento: 2 de octubre de 1964
Nacionalidad: argentino, nacido en Buenos Aires; vive en San Martín de los Andes.
Estudios formales: contador público nacional (arrepentido)
Menciones/Reconocimientos: ¡Más reconocimiento que vender un par de cuadros por mes no se puede pedir!

Sus gustos: 
Un libro: la Biblia, y de allí el Evangelio de San Juan
Un grupo de música: Tom Petty and the Heartbreakers
Un disco: “Into the great wide open” (1991) de Tom Petty and the Heartbreakers
Una canción: depende de los estados de ánimo, “I can’t get it out of my head” (de Electric Light Orchestra -ELO-, 1974) suena seguido.
Una película: “The Advengers” traducida como “Los Vengadores” (sí, me gusta el pochoclo)
Una frase: A veces la felicidad se parece mucho a un color amarillo puesto en el lugar justo.
Un hobby: los autos

Contacto:



En el blog, su versión original y completa

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